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EL ORIGEN DEL MARIACHI

Historia del mariachi y sus orígenes

En la búsqueda de los orígenes de cualquier institución humana, cada elemento de su composición manifiesta un tiempo de desarrollo particular. En este caso, se debe tomar en cuenta la dinámica de gestación del grupo musical cordófono, los géneros que llegó a ejecutar (y a desechar) y su eventual conjunción con el nombre que a la postre le llegó a ser peculiar: mariachi.
Intentar precisar la fecha y el lugar del nacimiento de una institución popular es un falso problema. El documento más antiguo en turno no es prueba de que el lugar y la fecha que en él se mencionan constituyan el “entonces y el allí” del origen del mariachi. Las referencias escritas aluden a una situación posterior a la conformación y difusión del “hecho social”.

Como todas las grandes manifestaciones culturales, el mariachi es una tradición macroregional, cuya conformación no corresponde a las circunscripciones dictadas por los avatares políticos. Sin embargo, el surgimiento del mariachi se debe plantear, más que al nivel independiente y separado de muchas localidades, en el contexto de la interrelación macroregional.

El comienzo de la historia

Los sentimientos más profundos del alma, las penas y alegrías de los mexicanos cobran fuerza y emoción en las canciones de un mariachi. Las notas vibrantes de la trompeta o la magia de sus violines hablan lo mismo del amor a una bella mujer que de la desesperación por la tierra lejana.

La tradición del mariachi tuvo comienzos humildes, y sus raíces están perdidas en el tiempo con poca o ninguna referencia escrita que permita dilucidarlo. Pequeños conjuntos integrados por una guitarra, un violín, vihuela y arpa animaban fiestas familiares y reuniones, bautizos y bodas, de donde proviene su nombre «mariachi», que el mito popular atribuye a una semejanza con la palabra francesa marriage. Esta teoría fue rebatida por algunos investigadores, quienes alegaban que el nombre tenía en realidad un origen indígena, versión que no pudo ser comprobada durante muchos años, hasta que en 1981 se encontró en el archivo de una iglesia una carta escrita por el padre Cosme Santa Anna en 1848. La carta iba dirigida al arzobispo de su diócesis y en ella denunciaba los escándalos ocasionados en su pueblo por los «mariachis». La fecha de esta carta es anterior a la invasión francesa, lo cual desmienten la versión popular de que la palabra sea de origen francés.

También se dice que de un legajo (copia al carbón) se hizo un estudio sobre el lenguaje de los cocas, donde se hace un análisis filológico de los textos. En el estudio alude al mariachi, apoyándose en los conocimientos de los indígenas coculenses que hablaban la lengua coca. El sostuvo que el término mariachi es de origen náhuatl, coca, y significa «El indio está contento». Una hojita de papel desprendida del legajo contenía unas cuantas líneas manuscritas, medio borrosas con términos de náhuatl, es el fragmento de una alabanza a la Virgen de la Pila, que vendría a ser «María del Río» y dice:

«MARÍA CE SON»

«Motelpocahuan te cantarona María,
Tetelpocahuan te entonarahua,
María ce son…
Tlacaque Tonantzin ima,
Moyazca cantarohua pactoc.
Te cantarohua María ce son».

Si se observa el tercero y el sexto verso, se encuentran estos términos: «María ce son» que los indígenas pronunciaban María she o shi, muy suave y luego el son. Se deduce que mariachi se deriva de María-she o María shi y seguidamente que el son significa canción: mariachi y son, de Jalisco.

La formación de los conjuntos tenía lugar ya en época del imperio austro-húngaro, y los instrumentos cambiaban en algunos grupos según la región. Por ejemplo, en el Bajío y en Jalisco tocaban los mariachis, mientras en otras áreas estaban las bandas con instrumentos de percusión. Así vinieron las bandas de Sinaloa que incluían clarinetes, una tuba, una tambora y ocasionalmente los trombones o cuernos de las bandas de música traídos por primera vez por el ejército francés. Si bien el mariachi se asociaba con Jalisco, la tradición se extiende a los estados vecinos de Michoacán, Colima, Nayarit y Zacatecas.

Las primeras ciudades del mariachi

En algunas ciudades importantes de la época, se formaron grandes bandas, tanto en la época porfiriana, como antes, en la del imperio.Tocaban en las plazas principales de las ciudades de Morelia, Guanajuato y Zacatecas llevando dos o tres veces por semana, serenatas que congregaban al pueblo, como las de la Plaza de Armas o las del parque Agua Azul en Guadalajara, que alcanzaron gran popularidad, pero todas las ciudades importantes tenían sus bandas.Entre los estilos de mariachi más famosos, se incluyen los de Cocula, Tecalitlán y La Sierra del Tigre. La primera referencia que tenemos de un grupo de mariachi en las grandes ciudades de México, data de 1905, con el cuarteto coculense dirigido por Justo Villa, quien grabó los primeros discos de música de mariachi en 1906. En 1925, el Mariachi de Concho Andrade participó en la primera transmisión radiofónica en México y al año siguiente Cirilo Marmolejo hizo las primeras grabaciones de mariachi con el nuevo sistema eléctrico.

A principios de este siglo, era inusual ver conjuntos de mariachi con instrumentos de viento. La flauta, el clarinete, el saxofón soprano, el trombón, el cornetín y la trompeta no se veían con frecuencia en los grupos tradicionalmente integrados por instrumentos de cuerda. Fue recién en los años 30 que algunos mariachis, en la ciudad de México, incorporaron la trompeta, que en la década de 1940 siguió cobrando fuerza hasta llegar a ser imprescindible para el mariachi. El famoso Pedro Infante grabó en 1949 las primeras canciones con un mariachi con dos trompetas, innovación que logró mucho éxito. El uso de la trompeta en el mariachi alcanzó completa aceptación en 1952, cuando el Mariachi México, de Pepe Villa, grabó una serie de discos de gran éxito que efectuó el cambio decisivo en la instrumentación de los grupos de mariachi, que para los años 60 en su mayoría incluían ya dos trompetas.

Uno de los mariachis más famosos de México, y del mundo entero, es el Mariachi Vargas de Tecalitlán, fundado por Silvestre Vargas con amigos y miembros de su familia, a quienes enseñó a leer música; todo un avance, porque antes de esto los músicos del mariachi lo eran de oído o llamados líricos. Vargas fue también el primero que los uniformó con traje campirano, compuesto de un calzón de manta y camisa del mismo material con un paliacate al cuello. Cuando surgieron los grandes cantantes en este siglo, como Lucha Reyes, Pedro Infante, Jorge Negrete y Lola Beltrán, entre otros, el mariachi pasó por un proceso de sofisticación que se reflejó en su indumentaria hecha ahora de paño o algodón, características de la vestimenta del hacendado. Así aparecieron los trajes actuales que recuerdan a los charros, pero llevan botonaduras y alamares y los humildes huaraches se sustituyeron por elegantes botines.

La música de mariachi se proyectó a nivel nacional e internacional, al ser interpretada por los grandes cantantes de radio en estaciones como la XEW, la XEB y la XEQ que le dieron amplia difusión.

En su evolución, también los músicos del mariachi dejaron de ser los improvisados de antaño, para convertirse ahora en verdaderos estudiosos que ejecutan música clásica en tríos y orquestas con un profesionalismo impecable.

No hay espectáculo, donde quiera que sea, que a los mexicanos atraiga más que un mariachi entonando la canción: «México lindo y querido/ si muero lejos de ti/ que digan que estoy dormido/ y que me traigan aquí». Y otras igualmente emotivas y vibrantes que a los mexicanos hace soñar la tierra que los vio nacer y al extranjero lo acerca a México aun sin conocerlo.

Actualizado por: Rosa María Espiritu Miguel

Documento tomado de la web: www.jalisco.gob.mx

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El mariachi; símbolo musical y nacional de México.

Las escasas referencias escritas sobre el mariachi, anteriores a la década de 1920, constituyen una documentación ocasional, fragmentaria y dispersa. Se trata de testimonios de viajeros asombrados ante lo extraño, expedientes de litigios eclesiásticos, actas parroquiales, crónicas de fiestas, notas periodísticas, programas de ferias, compilaciones musicales de “aires nacionales” y regionales, diccionarios, censos, “recuerdos de juventud”, …quejas sobre los inconvenientes que provocaba el mariachi a los ojos de las élites y, por último, leyes que intentaban impedir su misma existencia.
Los datos historiográficos permiten plantear que la tradición del mariachi se conformó en un proceso prolongado en la región noroccidental de la Nueva España, mediante la combinación de dos principales troncos culturales –el mediterráneo y el aborigen–, aunque la mezcla característica también incluyó patrones rítmicos africanos llegados con los esclavos y, en menor grado, elementos asiáticos arribados por medio de la nao de China, de tal manera que se logró un entramado cultural genuinamente mestizo. Los músicos de la tradición mariachera son, en lo fundamental, ejecutantes de variaciones del complejo de arpa-violín-vihuela novohispano, vinculado con la música barroca; sus danzantes, de adaptaciones del zapateado asociado al fandango, y sus cantantes, de la copla peninsular.

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La perspectiva general que se puede deducir del material encontrado, en definitiva, es consistente: la región del mariachi tradicional se extiende, por la amplia franja costera del Océano Pacífico, desde la Alta California hispano-mexicana hasta Oaxaca y su período comprende desde el siglo XVIII hasta el inicio del siglo XXI, si bien en algunas subregiones desapareció a mediados del siglo XIX o a lo largo del XX. Durante el siglo XIX, en el occidente de México, se terminó de conformar un conjunto de variantes estilísticas del fandango popular –en lo referente a música, letras y baile–, a la que en ciertas zonas se le llegó a denominar mariachi. Esta macrotradición multiétnica (de criollos, mestizos, indígenas y afromestizos) consiste en una amplia secuencia progresiva de traducciones y adaptaciones –melódicas, rítmicas, sonoras, letrísticas y danzarias– sin “texto” original.

La primera descripción coreográfica de un baile –parecido al que en la actualidad consideramos como “jarabe tapatío”– se refiere a una fiesta de 1829 en el puerto de San Diego, en la Alta California mexicana. La documentación más antigua en que se hace referencia a la palabra mariachi corresponde a la parroquia de Santiago Ixcuintla; se trata de 128 actas, de los años 1832 hasta 1844, en que se asientan nacimientos, fallecimientos y matrimonios de personas nacidas o residentes en el rancho Mariachi. La famosa “carta de Rosamorada” de 1852, incluye el testimonio de que en la región costanera del actual Nayarit se denominaba a los fandangos –bailes populares al aire libre con borrachera– con el término “mariachis”. La primera vez que el grupo musical aparece vinculado con el término “mariache” se encuentra en un testimonio de 1859, referente al pueblo de Tlalchapa, en el estado de Guerrero. En una crónica periodística de 1874 sobre Coalcomán, Michoacán, se designa por primera vez como “mariachi” a la música que ejecutan los grupos cordófonos del occidente mexicano. En 1892, otra vez en Santiago Ixcuintla, se denomina “mariache” a la tarima –el tambor de pie– sobre la que se zapatean sones y jarabes.

 

No obstante, a pesar de ser extensa e intensamente disfrutado por el pueblo, durante el siglo XIX el mariachi era combatido por un cura en la costa tepiqueña, despreciado por la élite tapatía y prohibido por el gobierno de Michoacán. Pero, como los grupos hegemónicos requieren símbolos de raigambre popular, llegó el momento a principios del siglo XX, en que se presumiera al mariachi como una costumbre pintoresca.
La primera apropiación simbólica de esta macrotradición por parte de un poder regional tuvo lugar en 1907. En la fiesta más importante –de carácter político– que había tenido lugar durante el porfiriato, ofrecida en honor del Secretario de Estado norteamericano en Chapultepec, el estado de Jalisco envió una “Orquesta mariachi”, en calidad de “orquesta típica”. Para ello, se mezclaron músicos de varias tradiciones mariacheras y el grupo se amplió a ocho integrantes; por supuesto que se les vistió para la ocasión con traje de charro. Sin embargo, cuando el político estadounidense visitó Guadalajara, los tapatíos se cuidaron de exhibir cualquier manifestación folclórica, ya que se trataba de presentarse como una moderna ciudad de corte europeo, más aún con “aire francés”.

 

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